Jóvenes con título, sin casa: la generación que no puede emanciparse
Tienen más formación que ninguna generación anterior y menos capacidad de independizarse. No es una paradoja: es el resultado de un modelo que ha abaratado el trabajo y encarecido la vida.
Hay una generación en España que ha hecho todo lo que le dijeron que hiciera. Estudiar, formarse, aprender idiomas, especializarse. Y que, aun así, sigue viviendo en casa de sus padres o en una habitación compartida a una edad en la que sus abuelos ya tenían hijos.
No es una cuestión de esfuerzo. Es la consecuencia previsible de dos curvas que se han cruzado: los salarios de entrada han quedado planos mientras el coste de empezar a vivir se ha disparado.
El primer sueldo no llega al primer alquiler
El problema empieza en el primer contrato. Para alguien que entra en el mercado laboral, el salario inicial rara vez alcanza para cubrir un alquiler en solitario en las zonas donde están los empleos. La solución habitual —compartir piso— no es una elección de estilo de vida: es una necesidad aritmética.
A partir de ahí, todo se encadena. Sin capacidad de ahorro, no hay entrada para una hipoteca. Sin hipoteca, se sigue pagando alquiler. Y el alquiler, a diferencia de una hipoteca, no construye patrimonio. La generación que llega tarde a la vivienda llegará también tarde a la riqueza.
La trampa de la sobrecualificación
A muchos jóvenes se les dice que el problema es que estudiaron lo que no debían. Es una forma cómoda de trasladar la culpa. La realidad es que el mercado ofrece cada vez más puestos que exigen titulación y pagan como si no la exigieran.
Ese desajuste tiene un nombre y un efecto medible: cuando una empresa puede contratar a alguien con máster para un puesto que no lo requiere, lo hará. Y el siguiente puesto, el que sí lo requería, se pagará también a la baja. La sobrecualificación no solo perjudica a quien la sufre: hunde los salarios de toda la escala.
No es que la generación mejor formada no valga. Es que el mercado ha aprendido a pagar menos por lo mismo.
Emanciparse tarde no es solo vivir con los padres
El retraso en la emancipación tiene consecuencias que van mucho más allá de compartir la cocina familiar. Afecta a la natalidad, porque nadie tiene hijos en una habitación de 10 metros. Afecta a la movilidad, porque aceptar un trabajo en otra ciudad exige poder pagar un alquiler allí. Afecta a la salud mental, porque la falta de proyecto propio es una forma silenciosa de malestar.
Y afecta, sobre todo, a la igualdad. Quien tiene una familia que puede ayudar —con la entrada de un piso, con una habitación gratis— empieza la vida adulta con ventaja. Quien no la tiene, empieza con desventaja. La cuna vuelve a pesar más que el expediente.
Qué habría que cambiar
Los ingredientes de una solución no son un misterio. Salarios de entrada que permitan vivir. Vivienda pública suficiente y no testimonial. Un mercado de alquiler regulado de verdad. Y una política fiscal que no castigue al que trabaja por cuenta ajena mientras premia la renta del capital.
Nada de eso es ciencia ficción: son decisiones que otros países han tomado y que aquí se aplazan legislatura tras legislatura. Mientras se aplazan, una generación entera sigue esperando su turno. Y el turno no llega.
