La trampa de la productividad: producimos más y nos llevamos menos
La riqueza generada crece, pero no se reparte igual que antes. El problema no es que se produzca poco, sino a dónde va lo que se produce.
Hay una pregunta que debería presidir todo el debate económico y que casi nunca se formula en voz alta: si producimos más que nunca, ¿por qué vivimos peor que nuestros padres a la misma edad?
La respuesta más cómoda es decir que el país se ha empobrecido. Pero no es exactamente eso. El producto sigue creciendo. Lo que ha cambiado es el reparto.
Producir más no es cobrar más
Durante buena parte del siglo veinte, productividad y salarios crecieron más o menos de la mano. Ese vínculo era el corazón del pacto social: si la empresa producía más por trabajador, el trabajador participaba de esa mejora.
Ese vínculo se ha roto. Hoy es perfectamente posible que la producción por hora aumente mientras los salarios se quedan quietos. La diferencia no desaparece: se convierte en beneficio, en dividendos, en recompras de acciones o en inversión financiera. Sale del bolsillo de quien trabaja y entra en el de quien posee.
Cuando la productividad sube y el salario no, alguien se está quedando la diferencia. La única pregunta es quién.
La tecnología como excusa
Cada avance técnico trae consigo el mismo relato: la automatización destruirá empleo y habrá que aceptar lo que haya. Es un argumento viejo, pero eficaz, porque traslada la responsabilidad del reparto a una fuerza impersonal.
La historia dice otra cosa. Las máquinas han aumentado la producción de forma extraordinaria y las sociedades que han sabido repartir ese aumento han vivido sus mejores décadas. El problema nunca fue la tecnología: fue quién decidía cómo se repartía lo que la tecnología producía.
El reparto, en tres preguntas
Para saber si un país reparte bien lo que produce, bastan tres preguntas.
La primera: ¿qué parte de la riqueza va a los salarios y qué parte al capital? Si la primera baja de forma sostenida, el reparto se está deteriorando.
La segunda: ¿cómo evoluciona la distancia entre el salario más alto y el más bajo de una misma empresa? Cuando esa distancia se multiplica, la organización ha dejado de ser una comunidad con intereses comunes.
La tercera: ¿quién paga los impuestos que sostienen lo público? Si las grandes fortunas pagan proporcionalmente menos que una nómina, el sistema redistribuye al revés.
Por qué esto importa más que nunca
El deterioro del reparto tiene un efecto acumulativo. Quien no puede ahorrar no puede comprar una casa. Quien no puede comprar una casa no puede mudarse por trabajo. Quien no puede mudarse queda atrapado en empleos peores.
Así, una diferencia de reparto se convierte, en una sola generación, en una diferencia de oportunidades. Y eso ya no es economía: es el diseño de una sociedad.
No estamos ante un fenómeno natural. Estamos ante una serie de decisiones —fiscales, laborales, de vivienda— que se pueden tomar en otra dirección. Nombrarlas es el primer paso para poder cambiarlas.
